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El desarrollo rural en la Argentina del siglo XXI
20-08-07, Por Ing. Agr. Walter A. Pengue *

Hablar de desarrollo rural, en el marco de un país que de cara a su Bicentenario, aun pervive en el camino de los países subdesarrollados y se muestra bastante alejado incluso de aquellas economías que con los similares tiempos de nacimiento, hoy muestran destinos diferentes y logros socioeconómicos consolidados, es una cuestión compleja y a su vez un interesante ejercicio y desafío.

Hablar de desarrollo rural, en el marco de un país que de cara a su Bicentenario, aun pervive en el camino de los países subdesarrollados y se muestra bastante alejado incluso de aquellas economías que con los similares tiempos de nacimiento, hoy muestran destinos diferentes y logros socioeconómicos consolidados, es una cuestión compleja y a su vez un interesante ejercicio y desafío.

Objetivando la cuestión directamente en el desarrollo rural, es increíble que aun luego de una historia agrícola de prácticamente cien años, la Argentina permanezca, después de algunos avances y retrocesos (al decir de las escalas económicas de Rutan), en un periodo de primarizacion que le mantiene en la recurrencia de crecimientos permanentes pero sin un desarrollo integrador ni integrado.

Es verdad que entrando en este nuevo milenio, nuestra agricultura está teniendo transformaciones transcendentales. El nuevo sistema, permite incrementar – mediante la aplicación intensiva de insumos y su combinación con nuevas tecnologías de creciente aceptación – los rendimientos físicos de los cultivos de alta respuesta, pero con resultados y consecuencias ambientales, sociales y económicas que recién comenzamos a evaluar.

El sistema productivo es presentado por gobierno y empresas corporativas, como una única alternativa económica. En la campaña 2006/2007, los guarismos mostraran, lo que los economistas tradicionales y funcionarios repetirán hasta el hartazgo: el llegar a un nuevo record histórico absoluto de casi 93 millones de toneladas, superando en un 20 % el registro del año anterior y en un 35 % el de la década. Hemos triplicado ya los niveles de finales de la década de los años setenta, donde arranca el crecimiento expansivo de la agricultura más intensiva. Los aumentos en productividad de los principales cultivos (maíz, soja, girasol y demás) muestran un salto promedio anual del 5 % en las ultimas tres décadas, que casi triplica por otro lado, el crecimiento de la economía en su conjunto (1,8 %).

Ahora bien, el aprovechar de la forma que hemos hecho estas ventajas comparativas, no ha garantizado un crecimiento sostenido del sector que derivara en algún momento en un desarrollo mas balanceado. Hablando específicamente del sector rural y de los agricultores, no necesariamente los resultados de estos “avances pampeanos” llegaran de la misma forma y se plasmaran en logros algo más que efectistas. Es mucho, el pequeño y mediano agricultor que no alcanzo la también creciente escala económica necesaria para sostenerse y de productor paso a arrendar su campo o a ser dirigido en sus acciones por pooles o grupos económicos mayores.

En el modelo actual de crecimiento rural, el destino que espera a estos agricultores, seguramente será el de prestadores de servicios en pueblos y ciudades rurales o nuevos emigrantes.

Por eso es tan importante diferenciar crecimiento de desarrollo. El desarrollo rural es otra cosa. Es fomentar la ocupación en producción y trabajo, diferenciado y con distintos caminos y destinos bajo las múltiples alternativas disponibles en un país con ecoregiones tan disímiles, hoy día muchas de ellas uniformizadas y disciplinadas por la tecnología y la inyección de capital foráneo.

Ni que hablar cuando se habla de un “desarrollo rural sostenible”. La sustentabilidad excede la mera conservación de los recursos naturales y del medio ambiente para convertirse en la expresión de un desarrollo económico y social estable y equitativo. El pasaje de una agricultura convencional a una sustentable es un proceso lento, complejo, que difícilmente se da en forma natural. Significa disponer de un conjunto de instrumentos económicos, sociales y de políticas, así como de tecnologías y conocimiento de procesos aplicables que orienten los mecanismos y señales de los mercados en función de esos objetivos. “El mercado puede ser un eficiente medio de asignación de recursos pero sus invisibles manos, muchas veces, deben tener quién las oriente”. A la capacidad tecnológica y productiva que tenemos, hemos de sumar de forma obligatoria la educación formal e informal, en todos los ámbitos y sectores. Todo ello necesita de Políticas Públicas.

Si la base de la riqueza argentina está en su campo y en la gente que la produce, favorecer, apoyar y mantener el modo regional y la cultura propia del medio rural junto con las personas que lo habitan, es una responsabilidad indelegable del Estado, nacional, provincial y municipal y de todos los organismos en sus distintos estadios que también tienen o deberían tener incumbencia directa en este proceso.

Favorecer y revitalizar la vida de los pequeños pueblos, reconstruir sus economías y movilidad local de sus productos, e impulsar modos y rescates de producciones específicas, construir con objetivos específicos y claros los conceptos de los alimentos como productos locales, regionales, delicatessen, especialidad, denominación de origen, amenidades, arte y alimentos especiales, que si bien son tan promovidos en el primer mundo, pueden ser aprovechados también aquí, tanto localmente como en el incipiente movimiento agroturístico o la actividad exportadora para quienes mediante la actividad cooperativa puedan lograr establecer los principios de cantidad, calidad y continuidad. Países como Italia, Francia, España, EE.UU., Australia, Nueva Zelanda, muy similares en su base agroproductiva a nosotros lo han implementado y sus resultados saltan a la vista. Muchos de ellos son subsidiados por entender que la agricultura no es solo producir un comoditie (materia prima), sino que implica valores y externalidades sociales, que deben ser resguardadas y reconocidas. Mientras estas economías se protegen, en nuestro caso, se atenta directamente contra un desarrollo rural integrado. No todo el sector rural es lo mismo ni mucho menos. Hoy día la agroindustria sojera o la economía basada en el maíz, tanto como la ganadería están mejorando. La renta que el Estado argentino toma para si como impuestos a la exportación (retenciones) deberían en lugar de utilizarse, luego ya de mas de cuatros años de aplicarlos a políticas de emergencia primero y clientelistas después, ser orientados directamente a las economías rurales y regionales y su diversificación en su forma mejor entendida, es decir, “valorando” el aporte de la agricultura familiar y de los técnicos dedicados al sector en beneficio al desarrollo nacional. El valor total de la producción podría estar superando los 20.000 millones de dólares, casi el doble que a principios del milenio, de los que el gobierno se quedara con más del 25 %. No podrían servir 5.000 millones de dólares, reflejo de un beneficio agrícola extraordinario, ser utilizados como base de un desarrollo rural mas sostenible que abarque a las áreas mas desfavorecidas y en el final, un desarrollo nacional inclusivo?.

Es indudable que favorecer un sistema productivo diversificado, que mantenga el paisaje rural y productivo e intercala estos elementos con el trabajo del hombre, permitiría mantener la calidad ambiental y sus servicios, preservar la biodiversidad, proteger el recurso suelo, administrar sosteniblemente la cuenca y sostener a la familia en el campo.

Para alcanzar un desarrollo rural sostenible en el siglo XXI, por encima de los crecimientos coyunturales, Argentina deberá aplicar ingentes y continuados fondos en sus sistemas de educación formal e informal “desde la base”, apoyar medidas y legislación para regularizar la cuestión del uso y tenencia de la tierra, promover un ordenamiento ambiental y territorial participativo y garantizar apoyos permanentes a la agricultura diversificada, la producción integrada, las pymes rurales, la familia y la juventud rural, la capacitación y promoción técnica y todos los actores de desarrollo agroproductivo.

El desarrollo rural integrado y sostenible esta asociado en forma directa a otro aspecto, pobremente apoyado en la Argentina: el de la soberanía alimentaria. Las naciones mas desarrolladas, a las que en mucho casos, se pretende emular, resguardan estos dos aspectos y no los sortean en las manos coyunturales de los intereses del mercado, por ser valores superiores los que están en juego, vinculado a la estabilidad del espacio vital y la verdadera gobernabilidad. www.ecoportal.net


* Ingeniero Agrónomo con especialización en mejoramiento genético vegetal (UBA), Master en Políticas Ambientales y Territoriales (UBA), Doctor en Agroecologia y Desarrollo Rural Sostenible (Universidad de Córdoba, Unión Europea). Director del Posgrado en Economía Ecológica, FADU, UBA y Coordinador del Grupo de Ecología del Paisaje y Medio Ambiente, GEPAMA. www.gepama.com.ar/pengue


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